CUANDO LA BUENA POESIA SALVA A SU CREADOR
No lo llamemos
“medio siglo de oro” ni tampoco “edad de plata”. Digamos tan sólo que la muerte
de Octavio Paz cerró simbólicamente la gran época de la poesía y la literatura hispanoamericanas que empezó en
1949, cuando se publicaron con pocos meses de
diferencia la primera «Libertad bajo palabra», «El Aleph», «La fijeza», «El
reino de este mundo» y «Varia invención». Aquella «Libertad
bajo palabra» se ha convertido
en un libro fantasma. Es imposible reconstruirlo en el libro de 1960 que lleva
su nombre, a su vez revisado en 1968 y en ocasiones posteriores. En la edición
definitiva,
«Obra poética I», tomo 11 de las «Obras completas», «Libertad bajo
palabra» abarca todos los poemas que Paz decidió conservar entre los escritos
de 1935 a 1957. Para distinguirlo pongamos «L49» a éste que con el tiempo su
autor juzgó su "primer libro". Aparte del prólogo, un poema en prosa
que anticipa «¿Águila o sol?», «L49» contiene 70 poemas en seis secciones:
"A la orilla del mundo", "Vigilias", "Asueto",
"El girasol", "Puerta condenada", "Himno entre
ruinas", con el que empezará en 1958 «La estación violenta». En el tomo 13 y último, «Primera instancia»,
aparecerán "los poemas escritos en mi adolescencia y en mi juventud, a los
que no considero propiamente obras sino tentativas", dijo en 1996. Por
años se anticipó a quienes de manera inevitable rescatarían las páginas
borradas para oponerlas a la voluntad del autor, que en principio deberíamos
respetar. ¿Por qué no limitarnos a leer lo que Paz depuró para nosotros? Ya que los cambios son mínimos o inexistentes en
toda su producción posterior a «L49», se ha vuelto un lugar común decir que Paz
se ensañó con sus trabajos juveniles por razones no poéticas sino políticas.
Refuta esta creencia el hecho de que en 1976 haya reescrito “Entre la piedra y
la flor”, de 1937. Treinta y nueve años después, la condena de la explotación y
la diatriba contra el dinero ("el dinero no tiene cuerpo, ni cara ni alma
/ el
dinero seca la sangre del mundo / sorbe el seso del hombre") resultan
aún más explícitos y contundentes. A pesar de haber escrito este poema y la “Elegía
a un compañero muerto en el frente de Aragón”, “El cántaro roto” y “México:
Olimpiada de 1968”, que se cuentan entre los mejores poemas civiles mexicanos,
Paz llegó a abominar de este tipo de poesía. Tal vez pensaba sobre todo en el
Pablo Neruda de «Las uvas y el viento», a tal punto que en «Vuelta», su libro
de 1976, para infamar a Stalin y defender a Solyenitzin empleó la rima como
aquél lo había hecho en 1943 con su “Canto de amor a Stalingrado”. En honor de
Neruda hay que decir que en vez de sepultar sus alabanzas las hizo coexistir
con su autocrítica y la crítica del totalitarismo en «Fin de mundo» (1969), su
inventario y despedida del siglo XX. “Si otros que sabían todo de política se
equivocaron, cómo no iba a equivocarme yo que sólo soy un pobre poeta”. Así pues, las refundiciones y desapariciones
siguen siendo un enigma cuya única respuesta es la voluntad soberana de su
autor. Por ejemplo, si uno lee el auténtico primer libro de Paz,
«Raíz del
hombre» (Simbad, Cuadernos de Poesía, México, 1937), no se explica por qué sólo
dejó sobrevivir a dos de sus 59 páginas. Escrito entre los 21 y los 22 años y
dedicado a una Remedios de quien nada se sabrá hasta que aparezca la biografía
de Enrico Mario Santí, «Raíz del hombre» es una iniciación inmejorable. Un
joven recoge la
herencia de los Contemporáneos, de Neruda y del grupo español
de 1937 y le añade un acento nuevo, único, la mirada con la que toda generación
se apropia de un mundo que no existió antes ni volverá a ser nunca. “Las ruinas de la luz y de las formas glorifican, Amor, tu
densa sombra, la sombra en que se
agolpan mis latidos, árbol vivo en
relámpagos crecido, ante el rumor confuso
de los suyos.” La única objeción formal
que puede hacerse a la estrofa es la semirrima entre "latidos /
crecido". Por lo demás, la frase con que la mayor naturalidad se hace
verso y el tono que se establece desde la primera línea
muestran la presencia
indiscutible de un poeta. Rimbaud es Rimbaud y nunca habrá nadie como él. Pedro
Henríquez Ureña pensaba que no hay Mozarts en poesía. Se requiere una
larguísima práctica para empezar a escribir de verdad poemas. Paz debió de
haber estado de acuerdo. Consideró su principio L49 de sus 35 años, aunque a
los 19 había
publicado un cuaderno, «Luna silvestre», del que no quiso
acordarse. (Para su consternación Julio Caillet Bois incluyó «Luna silvestre»
en su «Antología de la poesía hispanoamericana».) Treinta y cinco años fue también la edad que
necesitó Borges para escribir la prosa por la que es admirado. En cambio, como
se ve en «Primeras letras», la prosa juvenil es casi tan buena como la de sus
últimos años. De él podría decirse que no necesitó aprender, nació sabiendo
cómo hacer prosa. En cambio tuvo que recorrer un
largo camino, por lo menos
siete cuadernos, para convertirse en un gran poeta. La opinión suena a escándalo. En todas las culturas y
en todas las personas ¿no es la poesía lo espontáneo, lo natural, lo más
relacionado con el primer ritmo que todo ser humano escucha desde antes de
nacer: el latir del corazón de su madre? ¿No es la prosa el resultado de un
enorme proceso de civilización, no sostiene todo el pensamiento y el
conocimiento, al punto de que si la prosa desapareciera se vendría abajo cuanto
hace posible nuestra convivencia? Sólo se
me ocurre una hipótesis: la poesía juvenil de Paz es hasta «La
orilla del
mundo» (1942), su primera recopilación, tan buena como la de sus compañeros
Efraín Huerta y Rafael Solana. Sólo siete años después en «L49» se vuelve el
mejor poeta de «Taller». «L49» corrige, reescribe, canibaliza, aumenta,
disminuye, critica y exalta «A la orilla del mundo», que se convierte así en el
primer borrador o en el palimpsesto de lo que ahora conocemos como «Obra poética».
La colección de
1942 recoge el cuaderno que le da título y "Primer
día", "Bajo tu clara sombra", "Raíz del hombre" y
"Noche de resurrecciones". De modo que «L49» es en realidad otro
libro dominado por los textos escritos tras la salida de México en 1943. No en
vano comienza con el poema en prosa llamado, para complicarnos aún más las
cosas, “Libertad bajo palabra”, y acaba con el principio de «La estación
violenta», cumbre, con «Muerte sin fin», de la poesía mexicana en el siglo XX.
Un rasgo de Paz que nadie puede negar ni
discutir es su pasión absoluta por la poesía, una entrega de más de setenta
años que no sucumbió a la indiferencia ni a la hostilidad como tampoco a la
fama y sus posibilidades destructivas.
La revelación por Anthony Stanton de la correspondencia con Alfonso Reyes muestra lo que ahora ya nadie imaginaría: las
increíbles dificultades para publicar
«L49». Aunque Paz colaboraba en «Sur» desde 1938, Victoria Ocampo no se
arriesgó a incluir en su editorial un libro que hoy se vende cada año por
millares y hace medio siglo no ofrecía posibilidades de siquiera recuperar la
inversión. Otros son los méritos de Guillermo de Torre, pero el autor de
«Literaturas europeas de vanguardia» y cuñado de Borges fincó una marca difícil
de superar: como lector de editorial rechazó nada menos que «Residencia en la
tierra», «Libertad bajo palabra» y «La hojarasca».
En el México de la prosperidad alemanista la
única manera de publicar «L49» fue la ideada por Reyes: incluirlo en la serie
Tezontle que entonces era una línea fantasmagórica de El Colegio de México. Se
hacía con papel sobrante de las ediciones “serias”, el autor financiaba la
impresión y el FCE se encargaba de distribuirlo. Paz no tenía dinero. Todo
indica, aunque Reyes tuvo la elegancia de no decirlo, que él pagó de su
bolsillo, no del presupuesto del Colegio, el libro de su joven amigo. La
edición de 1,100 ejemplares,
cuidada por Joaquín Díez-Canedo y Francisco Giner
de los Ríos, con una viñeta de Ricardo Martínez, tardó mucho en agotarse. Diez
años después, Gabriel Zaid todavía pudo hallar «L49» en la Librería Zaplana.
Como persona Octavio Paz debe haber tenido todos
los sufrimientos que son la materia misma de la existencia humana. Como poeta
fue siempre afortunado. La vida se combinó para darle el talento que nada sirve
sin el saber y el saber que nada sirve sin aquél, para ponerlo en el sitio
preciso, en el momento exacto, y hacer que se encontrara con quien debía. Por
ejemplo, al derribar los valores tradicionales a los
que responsabilizaba de la
Primera Guerra, la vanguardia hizo que pocos adolescentes de su generación se
interesaran por la literatura del pasado. Él creció en la “biblioteca de libros
viejos” de su abuelo Ireneo Paz y a los quince años había asimilado la
literatura española en una experiencia sólo equivalente a la del niño Rubén
Darío en la Biblioteca Pública de Managua. La mayoría de nosotros creemos que
el
castellano es la lengua que nos enseñaron en casa, no nos preocupamos por
conocer las formas históricas en que ha encarnado y, ante el diluvio de
novedades, jamás hallaremos el tiempo de acercarnos
a autores como Jovellanos o
Juan Valera, o a poetas como Campoamor y Núñez de Arce, que Paz se sabía de
memoria. Muy joven tuvo la oportunidad de
aprender en los libros y en las conversaciones de los Contemporáneos, sobre
todo de Jorge Cuesta, Xavier Villaurrutia y José Gorostiza. Durante el año en
que vivió en México fue amigo cercano de Rafael Alberti, que así lo relacionó
directa y personalmente con los poetas del 27 y con Neruda.
La mirada crítica
de Neruda intuyó en la lectura de «Raíz del hombre» al gran poeta que se
gestaba e hizo que lo invitaran al Congreso de Intelectuales en Valencia. La
experiencia española fue decisiva y en esos tiempos conoció también a Vallejo, a
Huidobro, a Machado, a Miguel Hernández, a Malraux, e hizo amistad perdurable
con Luis Cernuda. De vuelta a México abrió su revista «Taller» a los escritores
del exilio republicano y se vinculó con 2 otros intelectuales europeos que
habían hallado refugio en nuestro país, sobre todo Victor Serge y Jean
Malaquais. Empezó entonces su trato con Reyes, relación fundamental como
demuestra el libro de Stanton.
Menos advertida pero igual de importante es la
figura de Luis Cardoza y Aragón que trajo aquí la experiencia personal de la
vanguardia francesa y en la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios
defendió la libertad del arte frente a las exigencias del partido.
El vínculo con la poesía norteamericana,
empezando en 1867 cuando Ignacio Mariscal tradujo “El cuervo” y proseguido por
Amado Nervo en la que es acaso la primera versión castellana de Whitman en la
«Revista Moderna» de 1904, tuvo su primer impulso de posguerra en Salomón de la
Selva y Salvador Novo. Los años de Paz en los Estados Unidos consolidaron una
relación que ya no se ha interrumpido y deja su huella en la última parte de
«L49», “Puerta condenada”.
Lo demás se ha dicho mil veces y no es necesario
repetirlo. Paz y el encuentro con los surrealistas y con Albert Camus. El paso
por el Japón de donde salió, entre tantas otras cosas, su interés por el haikú.
(Kazuya Sakai, que coordinó el número de «Sur» dedicado en 1957 a la literatura
japonesa y tradujo en el Buenos Aires de los cincuenta al imprescindible
Ryunosuke Akutagawa, fue en México jefe de redacción de «Plural».) Los años de
la India que produjeron «Ladera este», y su gran libro final sobre este país
que es un continente y un mundo. Aunque Paz no conoció a José Juan Tablada, a
las pocas semanas de su
muerte escribió un ensayo que significó el rescate del
viejo poeta por un miembro de la nueva generación y su ingreso en el canon de
la poesía mexicana. Al borde de los cincuenta años el matrimonio de Tablada con
la joven Nina Cabrera propició la renovación a que debemos «Li Po», «Un día» y
«El jarro de flores». Este mismo efecto y a idéntica edad tuvo el casamiento de
Paz en la India con la joven Marie José Tramini, compañera ejemplar tanto en
los tiempos de gloria como en el último año terrible de su enfermedad. La
poesía tiene un lado estremecedor: sólo dice su última palabra desde la muerte.
Sólo la muerte le da al poeta su verdadera autoridad o lo deslegitima para
siempre. Nunca antes habíamos podido leer a Paz como lo hacemos ahora cuando su
obra poética aparece como un solo libro y un presente perpetuo. En él se
muestra con toda claridad el sentido de los cambios textuales: no fue
arrogancia ni modestia sino el deseo de servir a la poesía. El poeta que
privilegia su persona no tacha, no corrige, no enmienda lo que ya publicó. Su
texto adquiere la fijeza del libro sagrado en que nada puede sobrar ni faltar.
Quien por el contrario privilegia a la poesía recuerda siempre la advertencia
de Valéry: no hay poemas terminados, sólo poemas abandonados antes de que dijeran
lo que de verdad querían decir.
No sabemos qué exigirán de la poesía las
sucesivas posteridades del siglo XXI. La única certeza es que sus juicios serán
muy diferentes de los nuestros. Pero sean cuales fueran, y gracias a lecturas
que hoy aún están fuera de nuestro alcance, la poesía de Octavio Paz
permanecerá.
Hace medio siglo la primera «Libertad bajo
palabra» zarpó en una travesía culminada ocho años después con «Piedra de sol».
No es sólo uno de los grandes poemas de nuestra lengua y del siglo XX sino
también la refutación de lo que pensó Poe: no existe el poema extenso, sólo hay
combinaciones de poemas breves sumados en una unidad mayor. «Piedra de sol» es
un solo bloque, una sola frase, un fluir que se encadena hasta dar vuelta sobre
sí mismo y fundirse en la imagen primordial de la eternidad como la vio
Eliot:
el punto fijo del mundo que gira, lo inmóvil en medio del movimiento perpetuo.
Toda la poesía de Paz hoy se nos aparece encarnada en un instante que no acaba
de transcurrir. La ilumina la misma luz del Valle que encendió sus primeros
versos de 1930 y lo acompañó en su despedida pública en Coyoacán, el 15 de
diciembre de 1997. Mientras arda esa hoguera la noche no caerá del todo sobre
México.
(Ensayo
publicado en «Letras Libres» en abril de 1999).
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