Pero hay una Rueda que a mi parecer hace falta y se ha
quedado escondida detrás de la danza: la rueda de la música de Congo.
Y no deja de ser una paradoja. Porque si hay una expresión que representa profundamente la historia y la identidad del Carnaval de Barranquilla, esa es
precisamente la Danza del Congo. El Carnaval reconoce
oficialmente al Congo como una de sus danzas tradicionales, y su música tiene
una identidad propia: el golpe de Congo, el tambor alegre, la guacharaca, las
palmas, el coro y, especialmente, la voz del cantador que improvisa y responde
a lo que ocurre a su alrededor.
Entonces cabe preguntarnos: ¿por qué celebramos al
Congo como danza, pero no hemos logrado darle a su música el mismo protagonismo
y peso que tienen otras expresiones musicales del Caribe?
Porque el Congo no es solamente un vestuario espectacular, un turbante, una capa, una fila de danzantes o una coreografía. Detrás de esos colores hay una música que habla. Y detrás de esa música hay una voz tradicional que además improvisa.
Está el verso.
Está el repentismo.
Está ese diálogo maravilloso entre el cantador, el tambor, las palmas y el coro. La tradición ha demostrado que el verseador es una pieza fundamental de esta expresión. Domingo ‘Mingo’ Pérez, fue uno de los grandes cantadores del Torito Ribeño, reconocido precisamente por su capacidad de improvisación y por mantener viva esa tradición oral durante décadas. Hoy existen nuevas generaciones que intentan recoger ese legado, Hablando de la importancia del repentismo, de la lectura, de escribir y de ejercitar permanentemente la imaginación para poder improvisar sobre el tambor.
Eso debería hacernos pensar.
Porque una tradición no desaparece solamente cuando
deja de sonar el tambor. También puede desaparecer cuando dejamos de formar a
quienes saben qué decir cuando el tambor comienza a sonar.
El Congo necesita tamboreros, sí. Necesita
guacharaqueros. Necesita coristas. Necesita directores y danzantes. Pero
también necesita verseadores y repentistas.
Necesita muchachos capaces de pararse frente a un
micrófono, escuchar cuatro golpes de tambor y construir un verso en segundos.
Necesita jóvenes que sepan que el verso de Congo no es
una simple canción aprendida de memoria. Es una conversación con el Carnaval.
Es capacidad de observar la calle, la gente, la reina, el barrio, la fiesta, la
actualidad y convertir todo eso en palabra rimada.
Porque eso es precisamente lo extraordinario del
repentismo: el verso nace en el instante.
Una mirada puede convertirse en verso.
Un personaje que pasa puede convertirse en verso.
Una anécdota puede convertirse en verso.
Una reina puede convertirse en verso.
El barrio puede convertirse en verso.
El mismo Carnaval puede responderle al cantador a
través del tambor.
Y allí está uno de los grandes tesoros que debemos
proteger.
Por eso sería maravilloso que Barranquilla comenzara a pensar en una Rueda de Congo, no como una competencia contra la cumbia, el bullerengue o el mapalé, sino como un espacio propio para que esta música salga de detrás de la danza y se siente en el centro de la conversación cultural.
Una rueda donde estén los viejos maestros y los nuevos
aprendices.
Una rueda donde el tambor converse con la palabra.
Una rueda donde los mayores enseñen los golpes, los
cantos, las formas de responder y la estructura de los versos.
Una rueda donde los niños puedan escuchar a los
maestros y atreverse después a improvisar.
Una rueda donde no se vaya solamente a mirar bailar al
Congo, sino a escuchar al Congo.
Porque quizás hemos cometido un pequeño error de
mirada: hemos visto demasiado el color del traje y poco el sonido que lo
sostiene.
Hemos admirado el movimiento de los danzantes y pocas
veces nos hemos detenido a escuchar la inteligencia del cantador.
Hemos celebrado la espectacularidad de la danza y no siempre hemos puesto en primer plano la riqueza musical que la acompaña.
Y si queremos que esta tradición llegue a las próximas generaciones, no basta con enseñarles
cómo ponerse un turbante, cómo marchar o cómo ejecutar una figura coreográfica. Hay que enseñarles también cómo se construye un verso de Congo. Hay que crear escuelas de repentismo.
Hay que organizar encuentros de verseadores.
Hay que grabar a los maestros.
Hay que documentar sus versos.
Hay que llevarlos a los colegios.
Hay que hacer talleres en los barrios.
Hay que generar espacios donde un niño pueda tomar un
tambor, escuchar un golpe y descubrir que también tiene derecho a responder con
la palabra.
Porque el patrimonio no se conserva únicamente
guardándolo.
El patrimonio se conserva practicándolo.
Y el Congo tiene una historia demasiado grande para
quedarse escondido detrás de su propia danza.
Desde el Congo Grande, cuya tradición se remonta a 1875, hasta las diferentes generaciones y familias que han mantenido vivas estas expresiones, existe una memoria musical que merece ser escuchada y proyectada hacia el futuro.
Quizás ha llegado el momento de que el Carnaval de
Barranquilla no solamente tenga grandes escenarios para ver las danzas de
Congo, sino también espacios para escuchar sus voces.
Una rueda.
Un encuentro.
Una escuela.
Una tertulia.
Una parranda.
Un escenario donde el tambor sea el punto de partida y
el verso sea la respuesta.
Porque cuando muere un verseador no solamente se
pierde una voz.
Se pierde una manera de mirar el mundo.
Se pierde una manera de contar el barrio.
Se pierde una manera de conversar con el tambor.
Y si no cultivamos desde ahora a los nuevos
repentistas, mañana podemos tener la danza, el vestuario, la coreografía y los
desfiles… pero nos puede faltar aquello que hace que el Congo hable.
Por eso, más que preguntarnos dónde está la rueda de
Congo, deberíamos preguntarnos:
¿Qué estamos haciendo para que esa rueda exista?
Que los tambores llamen.
Que las palmas respondan.
Que los mayores enseñen.
Que los jóvenes aprendan.
Y que el verso vuelva a caminar por las calles de
Barranquilla al lado del Congo.
Porque el Congo no solamente se baila.
El Congo se canta, se improvisa, se conversa y se
hereda.
Y una tradición que todavía tiene tambor, palabra y
memoria, tiene también la posibilidad de seguir viva. Lo que hace falta es
ponerla a rodar. Textos y Fotos tomados de las Redes Sociales. Agosto 19/2026.





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