El licenciado Ricardo Polo Alonso, entregó una interesante reflexión de la dinámica de la escogencia de la segunda autoridad del Carnaval después de la reina del Carnaval Barranquillero.
Por ser de actualidad porque en este mes que comienza es la escogencia de esta
figura, que no es emblemática, todo, por lo contrario, es “la representación de
la inversión de los valores en la sociedad ahogante de su territorio...”
Les quiero compartir el texto completo del mencionado investigador que tomo de las redes sociales para su análisis personal. Por: Ricardo Polo Alonso – Colaboración - Con todo este movimiento que hay sobre el rey momo del carnaval, las inscripciones, las expectativas, los amigos que se postulan etc., quiero expresar mi humilde opinión frente al tema sin ánimos de polemizar, “aunque eso pase”...
Hablar del Rey Momo del Carnaval
de Barranquilla es hablar de una de las figuras que mejor representa el
espíritu festivo, irreverente, popular y ancestral de una celebración que
durante generaciones ha encontrado en la calle su verdadero escenario. Pero
también es hablar de una pregunta que merece ser puesta sobre la mesa: ¿quién
debe escoger a quien representa a los hacedores del Carnaval?
El Rey Momo no es simplemente un
personaje que acompaña una temporada de fiestas. Su presencia está relacionada
con una tradición carnavalesca de profundas raíces, en la que la figura de Momo
representa la alegría, la sátira, la crítica, el exceso y esa capacidad popular
de convertir por unos días el mundo cotidiano en un territorio donde las
jerarquías parecen invertirse.
En la tradición occidental, Momo
aparece vinculado a la mitología griega como una figura asociada a la burla y
la crítica. Con el paso del tiempo, su presencia fue incorporándose a
diferentes expresiones carnavalescas, especialmente en América Latina, donde
terminó adquiriendo características propias. En Barranquilla, esa figura tomó
un significado particular y comenzó a relacionarse con el espíritu popular del
Carnaval.
Por eso, cuando hablamos del Rey
Momo del Carnaval de Barranquilla, no deberíamos quedarnos solamente con la
corona, el cetro, el desfile o el protocolo. La verdadera corona de Momo
debería representar una trayectoria.
Una monarquía que nace de la
calle
El Carnaval tiene una
particularidad que ninguna institución puede fabricar: su legitimidad nace de
quienes lo viven, lo crean, lo enseñan y lo mantienen vivo.
Son los hacedores quienes durante
meses preparan sus disfraces, ensayan sus danzas, componen sus versos,
construyen sus carrozas, confeccionan sus artesanías, organizan sus grupos,
investigan sus tradiciones, transmiten conocimientos a las nuevas generaciones
y salen a la calle a defender una memoria que no pertenece exclusivamente a una
institución, sino a una comunidad.
Por eso, la monarquía carnavalera
debería entenderse como una representación simbólica de ese enorme universo de
hacedores.
No se trata de convertir el
Carnaval en una contienda política. Tampoco de desconocer las instituciones que
tienen responsabilidades en la organización de la fiesta. Se trata de algo
mucho más sencillo y, al mismo tiempo, profundamente democrático:
que quien aspire a ser Rey Momo
primero demuestre que merece representar al Carnaval y, después de superar un
proceso de selección, sean los propios hacedores quienes tengan la posibilidad
de elegirlo.
Primero los requisitos, después
el voto
Una propuesta de esta naturaleza
necesitaría reglas claras.
Podría establecerse un reglamento
que determine quiénes pueden aspirar al título, cuáles son los requisitos, qué
trayectoria cultural deben acreditar, cuánto tiempo llevan vinculados al
Carnaval, cuál ha sido su aporte a la preservación de las manifestaciones
tradicionales y qué conocimiento poseen sobre la historia y el patrimonio de la
fiesta.
Ese primer filtro sería
fundamental.
No cualquiera debería llegar a una
elección simplemente por popularidad, reconocimiento mediático o capacidad
económica. La corona de Momo no debería comprarse, ni convertirse en un premio
de relaciones públicas.
Debería existir un proceso serio
de acreditación de méritos.
Una vez cumplidos los requisitos,
los candidatos podrían presentar sus propuestas ante los diferentes sectores
del Carnaval. Danzantes, músicos, disfraces, comparsas, artesanos, gestores,
investigadores, actores, directores de grupos, organizaciones comunitarias y demás
expresiones reconocidas como parte del universo de hacedores podrían participar
en la elección.
Entonces sí aparecería el
verdadero sentido de la democracia carnavalera:
que los que hacen la fiesta
elijan a quien habrá de representarlos.
¿Y quiénes serían los electores?
Aquí está uno de los grandes
desafíos.
No bastaría con decir “que voten
los hacedores”. Habría que construir un mecanismo transparente para determinar
quiénes tienen derecho a participar.
Podría crearse un Registro
Electoral de Hacedores del Carnaval, actualizado periódicamente y construido
con criterios verificables. Allí podrían inscribirse las personas y
organizaciones que acrediten una participación real y sostenida en la fiesta.
El objetivo no sería abrir la
puerta a cualquier votación improvisada, sino construir una especie de censo
cultural carnavalero, donde cada manifestación tenga representación y donde se
pueda garantizar transparencia.
La tecnología incluso permitiría
realizar un proceso de votación seguro, auditable y con reglas previamente
conocidas.
Porque si el Carnaval ha
evolucionado durante más de un siglo, también puede evolucionar la manera de
escoger a quienes lo representan.
Ser Rey Momo debería significar
mucho más que ocupar un lugar privilegiado durante algunos días.
Debería ser el reconocimiento a
una vida dedicada al Carnaval.
El candidato debería poder
responder preguntas esenciales:
¿Dónde ha estado durante los años
difíciles?
¿Qué ha aportado a su
manifestación?
¿Qué ha hecho por las nuevas
generaciones?
¿Qué sabe de la historia del
Carnaval?
¿Qué ha hecho para defender las
tradiciones?
¿Ha acompañado a su comunidad?
¿Ha contribuido a que otros
puedan vivir dignamente de la cultura?
Porque quizás allí está la
verdadera esencia de la monarquía carnavalera.
La corona no debería premiar
solamente al personaje; debería reconocer al ser humano que ha construido
Carnaval.
Momo también debe poder
representar la crítica
Hay otra dimensión que no podemos
olvidar.
Momo es también la irreverencia.
El Carnaval históricamente ha
permitido que el pueblo se ría del poder, cuestione las costumbres, convierta
las dificultades en sátira y transforme por medio del arte aquello que muchas veces
no puede decirse de otra manera.
Un Rey Momo que verdaderamente
represente la esencia de su figura debería tener voz.
No para convertirse en opositor
de nadie, sino para ser capaz de hablar desde la cultura, desde los barrios,
desde los grupos tradicionales, desde los artistas y desde quienes sostienen la
fiesta.
Y como ya lo he mencionado en
varias oportunidades, un Carnaval sin capacidad de crítica corre el riesgo de
convertirse únicamente en espectáculo.
Y el Carnaval es mucho más que
espectáculo.
Es memoria, identidad,
resistencia, creación, encuentro y expresión popular.
Una monarquía más participativa
Tal vez llegó el momento de
preguntarnos si la monarquía carnavalera puede ser también una experiencia
democrática.
No se trata de acabar con la figura
del Rey Momo. Todo lo contrario.
Se trata de devolverle
profundidad y legitimidad a la corona.
Que quien la reciba pueda decir:
Eso cambiaría completamente el
significado de la corona.
El Rey Momo dejaría de ser
solamente una figura protocolaria para convertirse en una voz colectiva.
Y quizás esa sería una de las
formas más hermosas de honrar la tradición: permitir que una figura histórica
evolucione sin perder su esencia.
La pregunta queda en la calle
Barranquilla ha construido un
Carnaval reconocido en Colombia y en el mundo. Pero las fiestas no sobreviven
únicamente por sus grandes escenarios, sus eventos masivos o sus estructuras
organizativas.
Sobreviven porque hay hombres y
mujeres que aman profundamente lo que hacen.
Los hacedores son quienes
mantienen encendida la llama.
Por eso, si existe una monarquía
carnavalera, vale la pena preguntarse:
¿no deberían los hacedores tener la
última palabra sobre quién habrá de llevar la corona que simbólicamente los
representa?
Primero los requisitos.
Después, la acreditación.
Luego, la presentación de los
candidatos.
Y finalmente, el voto de quienes
hacen Carnaval.
No para politizar la fiesta.
No para dividirla.
Sino para reconocer que detrás de
cada danza, cada tambor, cada disfraz, cada máscara, cada verso, cada comparsa
y cada tradición existe una comunidad que ha dedicado su vida a mantener vivo
este patrimonio.
Quizás entonces la corona del Rey
Momo tendría un brillo diferente.
Porque no sería simplemente una
corona entregada desde arriba.
Sería una corona levantada desde
abajo por las manos de quienes hacen Carnaval.
Y si Momo representa la voz
popular, la alegría, la irreverencia y la libertad de la fiesta, quizás la
mejor manera de honrarlo sea permitir que esa misma voz popular tenga también
la posibilidad de escoger quién habrá de representarla.




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